Artículo de J.A.Pagola

CURADOR DE LA VIDA

         Jesús fue considerado por sus contemporáneos como un curador singular. Nadie lo confunde con los magos o curanderos de la época. Tiene su propio estilo de curar. No recurre a fuerzas extrañas ni pronuncia conjuros o fórmulas secretas. No emplea amuletos ni hechizos. Pero cuando se comunica con los enfermos contagia salud.

         Los relatos evangélicos van dibujando de muchas maneras su poder curador. Su amor apasionado a la vida, su acogida entrañable a cada enfermo, su fuerza para regenerar lo mejor de cada persona, su capacidad de contagiar su fe en Dios creaban las condiciones que hacían posible la curación.

         Jesús no ofrece remedios para resolver un problema orgánico. Se acerca a los enfermos buscando curarlos desde su raíz. No busca solo una mejoría física. La curación del organismo queda englobada en una sanación más integral y profunda. Jesús no cura solo enfermedades. Sana la vida enferma.

         Los diferentes relatos lo van subrayando de diversas maneras. Libera a los enfermos de la soledad y la desconfianza contagiándoles su fe absoluta en Dios: “Tú, ¿ya crees?”. Al mismo tiempo, los rescata de la resignación y la pasividad, despertando en ellos el deseo de iniciar una vida nueva: “Tú, ¿quieres curarte?”.

         No se queda ahí. Jesús los libera de lo que bloquea su vida y la deshumaniza: la locura, la culpabilidad o la desesperanza. Les ofrece gratuitamente el perdón, la paz y la bendición de Dios. Los enfermos encuentran en él algo que no les ofrecen los curanderos populares: una relación nueva con Dios que los ayudará a vivir con más dignidad y confianza.

         Marcos narra la curación de un paralítico en el interior de la casa donde vive Jesús en Cafarnaún. Es el ejemplo más significativo para destacar la profundidad de su fuerza curadora. Venciendo toda clase de obstáculos, cuatro vecinos logran traer hasta los pies de Jesús a un amigo paralítico.

         Jesús interrumpe su predicación y fija su mirada en él. ¿Dónde está el origen de esa parálisis? ¿Qué miedos, heridas, fracasos y oscuras culpabilidades están bloqueando su vida? El enfermo no dice nada, no se mueve. Allí está, ante Jesús, atado a su camilla.

         ¿Qué necesita este ser humano para ponerse en pie y seguir caminando? Jesús le habla con ternura de madre: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Deja de atormentarte. Confía en Dios. Acoge su perdón y su paz. Atrévete a levantarte de tus errores y tu pecado. Cuántas personas necesitan ser curadas por dentro. ¿Quién les ayudará a ponerse en contacto con un Jesús curador? 

José Antonio Pagola

 

19 de febrero de 2012

7 Tiempo ordinario (B)

Marcos 2, 1-12

 

 

Una respuesta a “Artículo de J.A.Pagola

  1. La sanación libera, eleva, transforma, abre una nueva senda, más diáfana y creíble. No está condicionada por factores externos, ni tampoco por tratamientos o cuidados, aunque ayuden a una aparente mejoría.
    La verdadera sanación se produce cuando somos “tocados” por el amor infinito de Dios. Su cercanía, su misericordia y compasión, la experimentan quienes han sido acompañados en su dolor, comprendidos en su debilidad, reconocidos en su dignidad.
    Sanación a través del amor derramado en ese ser humano que sufre el abandono y la indiferencia, sanación a través del perdón que acoge y abre un espacio, sanación que no tiene otro fin o interés que mirar al otro, su realidad, como lo hace Jesús, cuya presencia permanece entre nosotros.
    Es bueno hacer llegar a Dios nuestro lamento, nuestro dolor, Él, a través del Espíritu, quiere mostrar su deseo hacia todo hombre y mujer. Un deseo de amor, ofrecido como sanación de tantas heridas, compartido en amistad fraterna.
    Muchas son las exhortaciones que el Papa Francisco nos está dando, todas ellas de gran calado evangélico. Me pregunto cada día: ¿escuchamos y acogemos en serio sus palabras?

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