ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

NUEVA RELACIÓN CON JESÚS

 

En las comunidades cristianas necesitamos vivir una experiencia nueva de Jesús reavivando nuestra relación con él. Ponerlo decididamente en el centro de nuestra vida. Pasar de un Jesús confesado de manera rutinaria a un Jesús acogido vitalmente. El evangelio de Juan hace algunas sugerencias importantes al hablar de la relación de las ovejas con su Pastor.

Lo primero es “escuchar su voz” en toda su frescura y originalidad. No con fundirla con el respeto a las tradiciones ni con la novedad de las modas. No dejarnos distraer ni aturdir por otras voces extrañas que, aunque se escuchen en el interior de la Iglesia, no comunican su Buena Noticia.

Es importante sentirnos llamados por Jesús “por nuestro nombre”. Dejarnos atraer por él personalmente. Descubrir poco a poco, y cada vez con más alegría, que nadie responde como él a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades últimas.

Es decisivo “seguir“ a Jesús. La fe cristiana no consiste en creer cosas sobre Jesús, sino en creerle a él: vivir confiando en su persona. Inspirarnos en su estilo de vida para orientar nuestra propia existencia con lucidez y responsabilidad.

Es vital caminar teniendo a Jesús “delante de nosotros”. No hacer el recorrido de nuestra vida en solitario. Experimentar en algún momento, aunque sea de manera torpe, que es posible vivir la vida desde su raíz: desde ese Dios que se nos ofrece en Jesús, más humano, más amigo, más cercano y salvador que todas nuestras teorías.

Esta relación viva con Jesús no nace en nosotros de manera automática. Se va despertando en nuestro interior de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi solo un deseo. Por lo general, crece rodeada de dudas, interrogantes y resistencias. Pero, no sé cómo, llega un momento en el que el contacto con Jesús empieza a marcar decisivamente nuestra vida.

Estoy convencido de que el futuro de la fe entre nosotros se está decidiendo, en buena parte, en la conciencia de quienes en estos momentos nos sentimos cristianos. Ahora mismo, la fe se está reavivando o se va extinguiendo en nuestras parroquias y comunidades, en el corazón de los sacerdotes y fieles que las formamos.

La increencia empieza a penetrar en nosotros desde el mismo momento en que nuestra relación con Jesús pierde fuerza, o queda adormecida por la rutina, la indiferencia y la despreocupación. Por eso, el Papa Francisco ha reconocido que “necesitamos crear espacios motivadores y sanadores… lugares donde regenerar la fe en Jesús”. Hemos de escuchar su llamada.

José Antonio Pagola

11 de mayo de 2014

4 Pascua (A)

Juan  1, 1-10

Una respuesta a “ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

  1. “Crear espacios motivadores y sanadores”.
    Claro, desde una concepción abierta y diáfana, el espacio no radica en ocupar un lugar determinado, un sitio en el grupo o comunidad, ni siquiera un puesto o cometido asumido con responsabilidad.
    Para un cristiano-@, la palabra “espacio” tiene un significado profundo e íntimo, que entraña cobijo, acogida, dejarse habitar. Sin duda quien mejor definió esta realidad fue San Pablo al expresar: “No soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mi”
    Cuando nos sentimos llamados por nuestro nombre, experimentamos la necesidad de escuchar y conocer un mensaje siempre nuevo, que nos habla de amor y misericordia, servicio y entrega.
    No es una teoría filosófica o teológica, basada en el conocimiento y la razón del pensamiento. Es en esencia, una presencia viva, verdadera, que da sentido a nuestra vida y responde a nuestras preguntas más hondas.
    Cuando somos habitados por la Palabra, el amor toma cuerpo y forma, se produce en nosotros una transformación que afecta nuestro pensar y sentir, todo nuestro obrar.
    Cristo fue auténtico y veraz porque hizo de la palabra una simbiosis perfecta con el Amor que lo habitaba. Un amor que no guardó para sí, sino que fue puro don entregado a paliar las carencias humanas de hombres y mujeres, cuya fragilidad y debilidad eran más vulnerables.
    No es posible crear espacios de verdadera acogida, si antes no hemos vaciado nuestro corazón de conveniencias, intereses, protagonismos, actitudes de rechazo y exclusión.
    Permanecer en Jesús, experimentar su presencia entre nosotros, es vivir en su amor, dejarnos interpelar por él. Un amor que nos coloca frente al otro-@, reclamando para sí, la parte de amor que le corresponde.
    Espacios si, abiertos a la comunión fraterna del amor, que debe ser compromiso coherente de todo cristiano-@.
    Es hora de gestos y obras, que puedan expresar mejor y de manera más eficaz, la llamada que el Buen Pastor nos hace a cada hombre y mujer.

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