ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

              EN MEDIO DE LA CRISIS

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas y tentada desde dentro por el miedo y la poca fe. ¿Cómo leer este relato evangélico desde la crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?

Según el evangelista, “Jesús se acerca a la barca caminando sobre el agua”. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un “fantasma”. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real es aquella fuerte tempestad.

Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

Jesús les dice tres palabras: “Ánimo. Soy yo. No temáis”. Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y “se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas”. Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de la crisis: apoyándonos, no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.

No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos como Pedro. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?”.

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir” dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?

Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.

José Antonio Pagola

10 de agosto de 201419 Tiempo ordinario (A)

Mateo 14, 22-33

 

Una respuesta a “ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

  1. El miedo existencial

    Jesús, reconfortado por la oración, en diálogo con el Padre, deja el silencio y sale en busca de sus discípulos.

    Caminando sobre las olas del mar encrespado, a causa del fuerte oleaje, divisa la pequeña embarcación de sus amigos, movida por la tempestad.

    En medio de la tormenta desatada, Pedro irrumpe en la escena, una sombra difusa se acerca, la confunde con un “fantasma”, tal vez el fantasma y sombra del pecado y la mala conciencia.

    Oye una voz que le dice: “Ven, acércate”. Esta vez el amor le hace volver a la realidad en la mano tendida que su amigo le ofrece: “NO TENGAS MIEDO”.

    Pedro reconoce a Jesús, se tira al agua sin pensar en la acción de las fuerzas adversas de la Naturaleza. Sin embargo, el impulso apasionado del amor hacia su amigo, no le aleja de la realidad ni de su vulnerable fragilidad. En efecto, el amor al igual que la fe han de ser probados, no en las mieles de las pseudo-seguridades, no en las caducas certezas, tampoco desde la autosuficiencia y eficacia, que nos conduce a ignorar y negar las realidades de todo cuanto nos supera y forma parte de la condición humana.

    Pedro, siente su cuerpo hundirse en el mar y sobrecogido por el miedo exclama: “¡Señor, sálvame!”

    Es el grito, la súplica estremecida ante un peligro inminente, una situación dolorosa que nos deja indefensos, nos crea angustia e inseguridad.

    Jesús conoce los límites humanos, sabe que la confianza y la fe se ganan en la medida que nos abrimos al amor de Dios, nos dejamos habitar por él.

    Jesús responde al clamor de Pedro que es también el nuestro: ¿Por qué tenéis miedo, hombres y mujeres de poca fe?

    El miedo existencial tiene su origen en una mala conciencia, basada en nuestra propia debilidad y pecado, que nos conduce a perder la confianza en Dios, la no necesidad de su amor. Un amor que nos interpela e insta a dar respuesta a las duras y dolorosas realidades de la vida.

    Cuando no arriesgamos, no nos “mojamos”, nos encerramos en nuestro pequeño reducto de ilusoria seguridad, la fe se convierte en el mejor de los casos, en una manifestación de buenas intenciones, hasta instalarse en la indiferencia.

    Como consecuencia vendrá el recelo, el “por si acaso”, lo políticamente correcto, tantas reservas, prejuicios, medidas, para seguir siendo espectadores del mundo convulso que nos ha tocado vivir, también dentro de la propia Iglesia.

    Muchos-@s se preguntarán: Cuando lo visible se nos muestra tan poco fiable, tan lleno de apariencia, tan
    carente de coherencia evangélica, ¿cómo creer en un Dios que no se ve y se toca?

    Creer en Dios es recuperar la confianza en su amor, en los valores que han sustentado la fe, en la capacidad de todo hombre y mujer de amar y ser amado.

    La Iglesia tiene que ser una mano tendida a todo hombre y mujer, dispuesta a crear espacios donde se genere confianza, mediante actitudes honestas y una vivencia fraterna.

    Pidamos con fe que las tempestades que tantas veces se desatan en nuestro yo más íntimo, no nos alejen del amor de Jesús. Que aprendamos a ser mano tendida donde el otro-@ encuentren donde asirse, porque ahí descubrirán, una vez más, el amor de Dios que nunca abandona.

    Las crisis no las genera sino el egoísmo y no hay otro antídoto mejor, que las manos abiertas y la mirada atenta a nuestro entorno. Bueno sería cambiar el sentimiento de culpabilidad y remordimiento, los falsos escrúpulos de conciencia, por el Santo temor de Dios, que no es otro que la gratitud a su amor y el respeto a su santo Nombre.

    Gracias por compartir la Palabra, a D. José Antonio Pagola y a cuantos hacen posible este espacio.

    Sugiero que en las Eucaristías, se anime a los presentes a participar, yo me atrevo a hacerlo desde aquí. Es una experiencia que ayuda a llevar nuestra frágil barquita a buen puerto: la morada del Padre.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s