ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

APRENDER A PERDER

            El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará”. Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.

El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación, la otra a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.

El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio “yo” la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.

El segundo camino consiste en saber perder, viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien sino también el bien de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.

Jesús está hablando desde su fe en un Dios Salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una Humanidad dividida y fragmentada, donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países, su propio bienestar; los individuos, su propio interés?

La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del “tener siempre más”. Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien, necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.

Buscamos insaciablemente bienestar, pero ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos “progresar” cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humano en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar, cerrando nuestras fronteras a los hambrientos?

Si los países privilegiados solo buscamos “salvar” nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo, hemos de aprender a perder.

José Antonio Pagola

31 de agosto de 201422 Tiempo ordinario(A)

Mateo 16, 21-27

 

 

Una respuesta a “ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

  1. LA CRUZ: ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO

    Hablar del Amor de un Dios crucificado, nos puede parecer desde nuestra concepción limitada del misterio divino, un contrasentido, que choca con la razón humana y las tendencias de nuestra naturaleza. Se nos presenta como algo que debe ser evitado. Nos produce distancia, indignidad, ver al mismo Dios en la humanidad de Cristo, clavado en una tosca cruz, reflejo de la maldad y el pecado.

    Es el despojo de la propia dignidad humana, un sin sentido, una pérdida difícil de reparar.

    El concepto que la mayoría de los hombres y mujeres tienen de la dignidad, no reside en el fracaso, la derrota, la limitación, la humillación. Prevalece la idea en la que cada uno de nosotros, se contempla así mismo como héroe de su historia, donde el triunfo, el poder, la victoria y posesión, se consideran metas absolutas, cimas de una gloria efímera, que nos confiera la dignidad soñada, que nosotros mismos nos hemos atribuido.

    ¿Dónde se encuentra la dignidad del ser humano, en el héroe o en el crucificado, en la búsqueda del egoísmo satisfecho o en la entrega y el don del amor?

    La cruz es una “provocación” en el sentido de interpelación, de interrogación que nos debe conducir a asumir nuestra realidad limitada, nuestro pecado.

    Hablar de la cruz es un juicio sobre actitudes humanas, una cruz que ha de “despertar la conciencia” del hombre y la mujer, sobre sus propias miserias y lo que éstas provocan.

    La cruz que Cristo nos plantea como camino de salvación, no es una cruz escogida “a gusto”, por simple masoquismo o un mal entendido sacrificio. Es una cruz que nos descubre el auténtico valor de la vida, que no puede ser otro que el amor vivido y entregado, capaz de curar las heridas, el sufrimiento que tantas veces nos infligimos unos a otros.

    La línea triunfante que aparta y rechaza nos hace creer que podemos prescindir de la cruz, que las realidades ajenas no nos afectan, sin embargo, la concepción cristiana de la cruz nos implica en ella, nos conduce al verdadero sentido de la cruz.

    ¿El ser humano, sólo es digno de respeto y amor cuando cumple nuestras expectativas e intereses? ¿Qué sentido podemos dar a la cruz y el sufrimiento, sino estamos dispuestos a ser “cirineos” en el camino de tantos hombres y mujeres cansados por el peso insufrible de tantas cruces?

    La cruz nos enseña, si, a saber renunciar y perder, a ver en el sufrimiento, la llamada a la compasión, el perdón y la misericordia.

    Seguir a Cristo en el camino de la cruz, no consiste en contemplar el sufrimiento como actores pasivos, con un sentimentalismo pueril y pasajero. ¡Cuánta cobardía y permisividad! Actitudes nada evangélica que añaden más carga al sufrimiento,

    Hemos de aprender a no ser carga pesada sino alivio, a bajar de la cruz a tantos como esperan ser “descolgados”, encontrar descanso en nuestro corazón.

    Si la cruz salva y redime cuando el amor sale al encuentro, borra las lágrimas, el sudor de la fatiga y el polvo del camino, cuando ofreces una mano tendida y aligeras y acompañas a ese hombre y mujer, que ya no pueden más.

    Yo me niego a mirar para otro lado, a arrastrar la cruz de mi limitación y pecado, renegando de todo, mirando a los otros como estorbos.
    Cristo me repite cada día, que el amor es más fuerte que la cruz de mi pecado y sé que un día oiré sus palabras de consuelo: “en verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

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