ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

INVITACIÓN

         Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?

Este recuerdo vivido desde niño le ayudó en algún momento a comunicar su experiencia de Dios de una manera nueva y sorprendente. Según Jesús, Dios está preparando un banquete final para todos sus hijos pues a todos los quiere ver sentados, junto a él, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa.

Podemos decir que Jesús entendió su vida entera como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios. Por eso, Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación.

¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha? ¿Dónde se habla en la Iglesia de esta fiesta final? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sea nuestros intereses inmediatos, nos parece que ya no necesitamos de Dios ¿Nos acostumbraremos poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?

Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de “los invitados a la boda” se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: “no quisieron ir. Otros responden con absoluta indiferencia: “no hicieron caso”. Les importan más sus tierras y negocios.

Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo, habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los cruces de los caminos”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.

El papa Francisco está preocupado por una predicación que se obsesiona “por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia”. El mayor peligro está según él en que ya “no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio”.

 

José Antonio Pagola

12 de octubre de 2014

28 Tiempo ordinario

Mateo 22, 1-14

 

Una respuesta a “ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

  1. LAS URGENCIAS DE NUESTRO TIEMPO

    Si, nos pueden llevar por caminos erróneos, al no tener una idea clara, un sólido criterio, a la hora de valorar lo esencial de lo secundario.

    La sociedad nos empuja a vivir “devorando el tiempo”, yendo contra reloj, quedando tantas veces relegado lo importante y decisivo, en aras a la urgencia que marcan nuestras  aceleradas prisas.

    Un afán desmedido de notoriedad y protagonismo,  envuelven al hombre y la mujer de nuestros días, nunca tienen tiempo, su agenda está repleta. Son los eternos “ocupados”.

    No hay espacio para el silencio interior, allí donde es posible el encuentro sincero con Dios, dejarnos habitar por su Palabra.

    ¿Cómo escuchar la invitación a responder a su amor, si estamos repletos de nosotros mismos? ¿Cómo vamos a acercarnos al banquete del amor y de la vida, con un vestido de apariencia?

    El banquete está preparado. Aquéllos representantes de la religión oficial, los sumos sacerdotes y ancianos, que  fueron elegidos como guías del pueblo, son los primeros en rechazar la invitación.

    A muchos ahora y entonces se les podría calificar de “fidedignos”, siempre puntuales a la cita ceremoniosa del aparente cumplimiento, tantas veces vacío del compromiso sincero y coherente.

    El banquete del amor y de la vida que conduce a la salvación, será siempre una propuesta válida, cuya realidad nos interpela, pide una actitud honesta en medio de tantos afanes y cuidados, por muy urgentes y legítimos que nos parezcan.

    Dios no coarta nuestra libertad, conoce nuestras carencias y necesidades, también nuestros anhelos más profundos. Es un Padre bueno que desde siempre ha querido hacer realidad su proyecto de salvación, extensible, no sólo al pueblo depositario de sus promesas, sino a todos los hombres y mujeres de toda condición.

    Jesús, el hijo amado, el escogido por Dios, ocupa la centralidad del relato. Él es quien encarna la voluntad y el deseo del Padre de que todos sean “uno en su amor”.

    “Muchos son llamados y pocos escogidos”.

    Responder al amor no es fácil. Los cristianos hemos de mostrar a quienes nos rodean, la certeza creíble del amor de Cristo, que ha de ser compartido en esta vida.

    Para ello será preciso despojarnos del vestido de una aparente “buena fe”, el deseo de acaparar la atención y sentirnos centro de un protagonismo que ignora al otro y a los otros.

    Es necesario la coherencia en el obrar, quitarse el disfraz de una apariencia que no es tal y que evidencia una doble vida, generando cuando menos estupor y asombro. Son los-@s impresentables de turno, el caldo de cultivo de no pocas deserciones y abandonos.

    Son multitud los que vagan con un sentimiento de abandono y horfandad, una fe vacilante, una pérdida de horizonte de quienes necesitan encontrar y ver el verdadero rostro de Dios, el rostro de su amor.

    Es la única condición: llevar el vestido blanco de una honesta transparencia, entretejida con hilos de amor, que reflejen la verdad de un compromiso que abarca a todos-@s.

    Dios asume nuestra limitación, nuestro pecado. No quiere “agüarnos la fiesta”, echarnos en cara nuestra indiferencia e inmovilismo, las cómodas seguridades en las que asentamos nuestro vivir.

    Nos invita a acudir al banquete del amor que es la Eucaristía, beber el vino bueno que alegre nuestro corazón, dando sentido a la
    vida.

    ¡Vamos, no te quedes solo-@, ven conmigo! Jesús merece la pena, su amor es verdadero.

    maría jesús.

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